lunes, 29 de junio de 2020

“Redistribuir la riqueza” como solución a todos los males

Existen un sinnúmero de frases trilladas en la política argentina. Unas tanto cursi, otras por demás demagógicas ; y hay algunas que son un poco “técnicas”, que realmente suenan hermoso al oído, pero no expresan absolutamente nada.


Algún que otro lector se acordará de algunas como “la casa está en orden”, y ni contarles de ese ministro que dijo “el que apuesta al dólar, pierde”. Hoy, ya hablamos de cosas un poco más grandes, como ser la “soberanía alimentaria”.

Pareciera que nos encanta la historia del mesías, un salvador que viene a “pintarnos pajaritos en el aire”, diciendo cualquier estupidez esperanzadora, sin un argumento o una explicación coherente que justifique la veracidad de sus palabras.

Lo de redistribuir la riqueza no surge en nuestro suelo; es más bien es una tendencia de raíces marxistas, que fue esparciéndose en todas las sociedades del mundo, hasta llegar a perpetuarse en América latina más bien como un credo incuestionable. Es así: al rico hay que sacarle, al pobre hay que darle. “¡Polqué? ¡No hay polqué!”.

Sin ánimo de soberbia, económicamente hablando, las consecuencias de los impuestos no son los esperados. Ni siquiera por quienes apoyan los regímenes socialistas. Y se topan con la inesperada sorpresa de que cada vez se puede redistribuir menos. Y menos. Y al final, todos somos pobres. Y no existe riqueza para redistribuir.

 “El camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones”.

Yo realmente creo que su intención no es que todos nos volvamos pobres, sino que el común denominador de las personas, por adoctrinamiento o ignorancia, creen que hacen un bien. Que lo que hacen es a favor de un “bienestar social”. Repito, es mi opinión. No creo que exista persona que tenga malas intenciones y quiera que la sociedad no progrese.

Si bien ese mundo en el que todos podamos gozar de los mismos bienes es hermoso, caemos ante el error que Hayek denominaba “La Fatal Arrogancia”, es decir, ignorar las leyes de la economía. En Argentina, solemos escuchar la frase “Que los números cierren, con la gente adentro”. ¿Ahora se dan cuenta?

El primer argumento que voy a darles es bastante sencillo. Clase 1 de Economía Básica: La riqueza NO ES LIMITADA.

No es que existe un número finito de bienes, y que solo tenemos esos para poder subsistir. De hecho, el PBI mide eso. Cuando crece, significa que se ha acumulado mayor riqueza en la nación, por lo que los individuos pueden gozar de un mayor bienestar. Cuando cae, es señal de que existen menos bienes dentro de la economía. Ergo, la solución para un mayor bienestar, es que el producto crezca.

Entonces, SI JUAN TIENE ÉXITO Y PROGRESA EN SU VIDA, NO SIGNIFICA QUE EL BIENESTAR DE PEDRO DECAIGA ¡LA ECONOMÍA NO ES UN JUEGO DE SUMA CERO!

Si revisamos un poco la historia, nos damos con que antes de la Revolución Industrial, el 99% de los seres humanos vivían en condiciones que hoy consideramos de extrema indigencia. Hoy, solo el 5% del mundo convive con estos niveles de pobreza. Y coincide, que estos casos se dan en países en los cuales las libertades económicas están limitadas. 

Nunca antes en la historia de la humanidad, el hombre ha vívido con un mejor bienestar que hoy.

Hay un ejemplo de desigualdad que me gusta dar, y es el de los Estados Unidos. ¿Sabían ustedes, que, en este país, el pobre promedio goza de todos los servicios, ya sea agua, electricidad, gas, y hasta cable? No podemos afirmar lo mismo de países que se llenan el pecho hablando de la justicia social.

La desigualdad no es mala. De hecho, las personas no somos iguales. Lo que realmente si es malo, es la pobreza.

El segundo argumento, es el daño irreversible a la inversión privada. Pongo un ejemplo para ser didáctico: Inés tiene 20 años y es empleada doméstica. Durante dos años ha logrado ahorrar una cierta cantidad de capital, lo que le da la posibilidad de ponerse un showroom de ropa en la casa de sus padres. Al ver crecer su negocio, Inés se ve ante la necesidad de trasladarse a un local físico, por lo que ahora los gastos van a aumentar mucho, en servicios y alquiler; y ni hablar de muebles y todos los gastos de instalación. Vamos a suponer que vivimos con estabilidad económica y que Inés logra instalarse, y que sus ventas van en crecimiento; por lo que Inés decide contratar dos personas para que la ayuden con el local.

Podríamos afirmar que Inés es emprendedora, dueña de un capital, y, además, es empleadora.

¿Qué logro Inés? Primero, ser independiente. Segundo, incrementar su poder adquisitivo. Y tercero, y lo más importante, creo dos puestos de trabajo. De su inversión, no solo vive mejor ella, sino que puede brindarles mejor comodidad a dos personas más. Inés hizo aumentar el PBI.

Si Inés tiene lo que en ciencias económicas llamamos “iniciativa empresarial”, es decir, es buena en los negocios, podría llegar a crear muchos puestos de trabajo más, y aumentar su bienestar, y el de todas las personas que intervienen en esta cadena productiva. Para ser más claro, Inés no solo se beneficia a si misma, sino que también beneficia a sus empleadas, a sus proveedores, y a sus clientes. Todos ganan.

Resulta que la historia, en nuestro país, no sería la misma. El Estado, paladín de los que menos tienen, como el águila que castiga a Prometeo, comienza a picotear en el corazón del capital productivo de Inés, hasta dejarla sin poder invertir. ¿Y qué sucede? Inés no puede soportar más el peso del tributo estatal. Se queda sin capital, las empleadas sin trabajo, los proveedores dejan de vender, los clientes dejan de beneficiarse con el producto. Todos pierden.

Se suele justificar la redistribución de la riqueza diciendo que la renta se distribuye de forma injusta y desigual. Yo les pregunto, ¿cuál de los dos escenarios anteriores creen que es más justo?

Alguno podría argumentar: y bueno, la solución está en cobrar solo una cierta cantidad de impuestos que le permita a Inés poder seguir manteniendo en pie su negocio. Y la respuesta estaría en encontrar el nivel impositivo óptimo, el cual, si me permiten, explayaré en otra nota. Sin embargo, los 101 impuestos y 16.000 regulaciones que existen en nuestro país, harían que el océano tenga escasez de agua.

Para concluir, vemos que la solución no es partir la torta en partes iguales, sino hacer crecer el número de tortas disponibles, independientemente de si la distribución de tortas es equitativa. El aumento de la cantidad de bienes dentro de una sociedad se debe al único recurso inagotable que existe en nuestro mundo, y se denomina “mente humana”. Si la mente, a partir de la nada, puede generar algo de valor, lo más justo sería que pueda beneficiarse con esa creación. Y con ello, todos nos beneficiamos. El deber del Estado es muy sencillo: sacarle las manos del cuello a quienes producen, porque sino, tarde o temprano nos terminarán asfixiando.