Existen un sinnúmero de frases
trilladas en la política argentina. Unas tanto cursi, otras por demás
demagógicas ; y hay algunas que son un poco “técnicas”, que realmente suenan
hermoso al oído, pero no expresan absolutamente nada.
Algún que otro lector se acordará
de algunas como “la casa está en orden”, y ni contarles de ese ministro que
dijo “el que apuesta al dólar, pierde”. Hoy, ya hablamos de cosas un poco más
grandes, como ser la “soberanía alimentaria”.
Pareciera que nos encanta la
historia del mesías, un salvador que viene a “pintarnos pajaritos en el aire”,
diciendo cualquier estupidez esperanzadora, sin un argumento o una explicación
coherente que justifique la veracidad de sus palabras.
Lo de redistribuir la riqueza no
surge en nuestro suelo; es más bien es una tendencia de raíces marxistas, que
fue esparciéndose en todas las sociedades del mundo, hasta llegar a perpetuarse
en América latina más bien como un credo incuestionable. Es así: al rico hay que
sacarle, al pobre hay que darle. “¡Polqué? ¡No hay polqué!”.
Sin ánimo de soberbia,
económicamente hablando, las consecuencias de los impuestos no son los
esperados. Ni siquiera por quienes apoyan los regímenes socialistas. Y se topan
con la inesperada sorpresa de que cada vez se puede redistribuir menos. Y
menos. Y al final, todos somos pobres. Y no existe riqueza para redistribuir.
“El camino al infierno está pavimentado de
buenas intenciones”.
Yo realmente creo que su
intención no es que todos nos volvamos pobres, sino que el común denominador de
las personas, por adoctrinamiento o ignorancia, creen que hacen un bien. Que lo
que hacen es a favor de un “bienestar social”. Repito, es mi opinión. No creo
que exista persona que tenga malas intenciones y quiera que la sociedad no
progrese.
Si bien ese mundo en el que todos
podamos gozar de los mismos bienes es hermoso, caemos ante el error que Hayek
denominaba “La Fatal Arrogancia”, es decir, ignorar las leyes de la economía.
En Argentina, solemos escuchar la frase “Que los números cierren, con la gente
adentro”. ¿Ahora se dan cuenta?
El primer argumento que voy a
darles es bastante sencillo. Clase 1 de Economía Básica: La riqueza NO ES
LIMITADA.
No es que existe un número finito
de bienes, y que solo tenemos esos para poder subsistir. De hecho, el PBI mide
eso. Cuando crece, significa que se ha acumulado mayor riqueza en la nación,
por lo que los individuos pueden gozar de un mayor bienestar. Cuando cae, es
señal de que existen menos bienes dentro de la economía. Ergo, la solución para
un mayor bienestar, es que el producto crezca.
Entonces, SI JUAN TIENE ÉXITO Y
PROGRESA EN SU VIDA, NO SIGNIFICA QUE EL BIENESTAR DE PEDRO DECAIGA ¡LA ECONOMÍA
NO ES UN JUEGO DE SUMA CERO!
Si revisamos un poco la historia,
nos damos con que antes de la Revolución Industrial, el 99% de los seres
humanos vivían en condiciones que hoy consideramos de extrema indigencia. Hoy,
solo el 5% del mundo convive con estos niveles de pobreza. Y coincide, que
estos casos se dan en países en los cuales las libertades económicas están
limitadas.
Nunca antes en la historia de la humanidad, el hombre ha vívido con un mejor bienestar que hoy.
Hay un ejemplo de desigualdad que
me gusta dar, y es el de los Estados Unidos. ¿Sabían ustedes, que, en este
país, el pobre promedio goza de todos los servicios, ya sea agua, electricidad,
gas, y hasta cable? No podemos afirmar lo mismo de países que se llenan el
pecho hablando de la justicia social.
La desigualdad no es mala. De
hecho, las personas no somos iguales. Lo que realmente si es malo, es la
pobreza.
El segundo argumento, es el daño irreversible
a la inversión privada. Pongo un ejemplo para ser didáctico: Inés tiene 20 años
y es empleada doméstica. Durante dos años ha logrado ahorrar una cierta
cantidad de capital, lo que le da la posibilidad de ponerse un showroom de ropa
en la casa de sus padres. Al ver crecer su negocio, Inés se ve ante la
necesidad de trasladarse a un local físico, por lo que ahora los gastos van a
aumentar mucho, en servicios y alquiler; y ni hablar de muebles y todos los
gastos de instalación. Vamos a suponer que vivimos con estabilidad económica y
que Inés logra instalarse, y que sus ventas van en crecimiento; por lo que Inés
decide contratar dos personas para que la ayuden con el local.
Podríamos afirmar que Inés es
emprendedora, dueña de un capital, y, además, es empleadora.
¿Qué logro Inés? Primero, ser
independiente. Segundo, incrementar su poder adquisitivo. Y tercero, y lo más
importante, creo dos puestos de trabajo. De su inversión, no solo vive mejor
ella, sino que puede brindarles mejor comodidad a dos personas más. Inés hizo
aumentar el PBI.
Si Inés tiene lo que en ciencias
económicas llamamos “iniciativa empresarial”, es decir, es buena en los
negocios, podría llegar a crear muchos puestos de trabajo más, y aumentar su
bienestar, y el de todas las personas que intervienen en esta cadena
productiva. Para ser más claro, Inés no solo se beneficia a si misma, sino que también
beneficia a sus empleadas, a sus proveedores, y a sus clientes. Todos ganan.
Resulta que la historia, en nuestro
país, no sería la misma. El Estado, paladín de los que menos tienen, como el
águila que castiga a Prometeo, comienza a picotear en el corazón del capital
productivo de Inés, hasta dejarla sin poder invertir. ¿Y qué sucede? Inés no
puede soportar más el peso del tributo estatal. Se queda sin capital, las
empleadas sin trabajo, los proveedores dejan de vender, los clientes dejan de
beneficiarse con el producto. Todos pierden.
Se suele justificar la redistribución
de la riqueza diciendo que la renta se distribuye de forma injusta y desigual.
Yo les pregunto, ¿cuál de los dos escenarios anteriores creen que es más justo?
Alguno podría argumentar: y
bueno, la solución está en cobrar solo una cierta cantidad de impuestos que le
permita a Inés poder seguir manteniendo en pie su negocio. Y la respuesta
estaría en encontrar el nivel impositivo óptimo, el cual, si me permiten,
explayaré en otra nota. Sin embargo, los 101 impuestos y 16.000 regulaciones
que existen en nuestro país, harían que el océano tenga escasez de agua.
Para concluir, vemos que la solución
no es partir la torta en partes iguales, sino hacer crecer el número de tortas
disponibles, independientemente de si la distribución de tortas es equitativa.
El aumento de la cantidad de bienes dentro de una sociedad se debe al único recurso
inagotable que existe en nuestro mundo, y se denomina “mente humana”. Si la
mente, a partir de la nada, puede generar algo de valor, lo más justo sería que
pueda beneficiarse con esa creación. Y con ello, todos nos beneficiamos. El
deber del Estado es muy sencillo: sacarle las manos del cuello a quienes
producen, porque sino, tarde o temprano nos terminarán asfixiando.

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